Desde que más o menos a los 8
años comenzamos a percibir y a darnos cuenta que
nuestras decisiones pueden influir sobre nuestro estado de felicidad,
comenzamos cada vez más a usar el libre albedrío, en pos de conseguir que ese
estado sea lo más duradero posible, en una comida, en una reunión, en una
charla con amigos, mirando una película, paseando, contemplando un paisaje,
resolviendo un problema comunitario.
Culturalmente aceptamos que para
usufructuar estados de felicidad, debemos invertir en “sacrificios”, como el
trabajo que nos permite disponer de un sueldo, estudiar, tratamientos médicos.
Sin embargo, un paisaje,
situación, relación, motivo de charla, película, no produce el mismo estado de
placer.
Percibimos el mundo a través de nuestros
sentidos, que no son solamente 5. Además del tacto, vista, olfato, oído y
gusto, también percibimos humedad, el tamaño de las cosas a través de la
disposición de nuestras articulaciones, la circulación del aire, el estado
interno de nuestros órganos, la posición de las diferentes partes del cuerpo y
otras.
Así que nuestros sentidos nos
entregan información y la mente procesa y genera sentimientos de placer –satisfacción-
o displacer.
La charla con un amigo en un
lugar cálido, descansado, la percibimos a través de nuestros sentidos y es
placentera. Si tuviéramos que tomar un avión y esta misma charla nos retrasara,
la mente la procesaría como displacer
¿Porque en situaciones normales,
en las que para la mayoría de las personas, el resultado debería ser una
situación neutra o de placer se produce un resultado de displacer, incomodidad,
que de prolongarse inclusive derivan en manifestaciones físicas psicosomáticas?
Este es el campo de DIANETICA, la
nueva ciencia de la salud mental.
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